El torero es, junto al toro, el verdadero protagonista del espectáculo. Al frente de su cuadrilla, constituida por dos picadores y tres banderilleros que le auxilian en la lidia de los astados, el torero crea un arte efímero que se va extinguiendo en el mismo momento en que nace.
Se enfrenta a las embestidas del toro en un juego constante con la muerte, mostrando valentía, inteligencia y arte, cualidades intrínsecas de un matador que se definen y potencian durante su proceso de aprendizaje.
En el periodo en que las enseñanzas taurinas no tenían un carácter oficial, la formación del torero se realizaba de manera autodidacta en capeas o espectáculos populares. Los aprendices se basaban en la inmediata y atenta observación de los espadas consagrados. En la actualidad, los jóvenes aspirantes a matadores se instruyen en las escuelas de tauromaquia, bajo la dirección de reputados maestros. Las enseñanzas taurinas, que incluyen instrucción teórica en las aulas y clases prácticas en las ganaderías y en los ruedos, permiten poner a prueba las aptitudes de los alumnos, facilitándoles formación y oportunidades.
Durante el período de aprendizaje, el discípulo se hace becerrista, etapa de su formación en que únicamente puede torear becerros - reses de un año-. Una vez alcanza el grado de novillero sin picadores, el joven torero puede dar muerte a novillos de dos años. Posteriormente, llega el momento de lidiar reses de tres años o utreros, ya como novillero con caballos. Finalmente, el aspirante a maestro toma la alternativa, ceremonia en la que un torero le confiere la borla de doctor en tauromaquia, convirtiéndole en matador de toros.