Alertas y noticias

Conoce al momento toda
la actualidad del Museo

  Junto a espadas autodidactas que lidiaban reses sin atenerse a reglas fijas, y que servían de auxilio a los caballeros en plaza -auténticos protagonistas que practicaban el toreo a caballo-, surgen diestros que comienzan a dar relevancia al toreo de a pie. En este periodo, los espectáculos taurinos se organizaban a beneficio de instituciones religiosas u hospitales, o con el fin de conmemorar algún acontecimiento de la vida social o política. 
 
 En el siglo XIX se consolida el toreo como un arte sujeto a una serie de reglas y normas. Los toreros se profesionalizan y comienzan a rivalizar con los picadores, que hasta ese momento gozan de mayor relevancia en los carteles. Las ganaderías empiezan a cobrar protagonismo y las ciudades se dotan de nuevas plazas estables para albergar un mayor número de espectadores.

Los orígenes del toreo

La historia del toreo comienza a desarrollarse en el siglo XVII, momento en que la fiesta de los toros empieza a configurar las bases de lo que más tarde será la tauromaquia, considerada como arte y liturgia.
 
 Punteret tomó la alternativa en la plaza de toros de Sevilla de manos de Luis Mazzantini. Torero entusiasta y notable banderillero, murió como consecuencia de una cornada sufrida el 11 de febrero de 1888 en la plaza de La Unión de Montevideo. 
 Julio Aparici  Fabrilo  se convirtió en un ídolo popular entre los aficionados valencianos de la época, destacando por su gracia y soltura en la plaza. Tomó la alternativa en 1888, de manos de Antonio Carmona  El Gordito . El 27 de Mayo de 1897, alternando en Valencia junto a Antonio Reverte, resultó herido mortalmente por el toro Lengüeto. Dos años más tarde, su hermano Francisco Aparici  Fabrilo  falleció en la misma plaza, actuando como novillero, al entrar a matar a Corucho. 
 En los albores del siglo XX, enlazando la época de Bombita y Machaquito y la que protagonizaron Juan Belmonte y Joselito, destacó el excelente estoqueador José Pascual  Valenciano . Años más tarde emergió otra figura, Isidoro Martí Flores, que se doctoró en Sevilla en 1910 y durante los once años de su trayectoria demostró un gran concepto del toreo hasta su muerte, a consecuencia de una cornada en Béziers en 1921.

Los precursores del toreo valenciano

Los toreros valencianos de la época estuvieron representados por el coletudo de Xàtiva Joaquín Sanz Punteret y los hermanos Fabrilo.


 La revolución belmontina, considerada por muchos el inicio del toreo moderno, sustituyó el toreo rectilíneo, cuya movilidad incide sobre las piernas, para hacerlo recaer en el pulso de las muñecas y en el juego de brazos, aportando a la tauromaquia una belleza no conocida hasta el momento.  
 En esta época, considerada como la Edad de Oro de la Tauromaquia, también brillaron otros espadas como Rodolfo Gaona, Rafael  El Gallo  o Vicente Pastor. Valencia tuvo un efímero protagonismo en la figura de Manuel Granero, torero que ocupó durante apenas año y medio el trono vacante que había dejado Joselito. Desde que Granero tomara la alternativa en Sevilla el 28 de Septiembre de 1920, de manos de Rafael  El Gallo,  la joven promesa gozó de gran éxito y se situó en lo más alto del escalafón hasta su muerte en la plaza de Madrid el 7 de mayo de 1922. 
 
Otro matador de toros relevante en esta etapa dorada fue Félix Rodríguez, cuya inteligencia, valor sereno y su refinada concepción artística le procuraron una situación privilegiada entre los toreros de la época.

Manuel Granero

Las dos primeras décadas del siglo XX estuvieron marcadas por las figuras de José Gómez Gallito y Juan Belmonte. Con esta nueva pareja de matadores, la fiesta evolucionó significativamente hasta las actuales formas de torear. 

 
  Vicente Barrera, torero poderoso en la lidia y de gran regularidad, lo que le permitió ocupar durante más de una década los puestos más importantes del escalafón; Enrique Torres, que forjó su sólido oficio en Sevilla, y Rafaelillo, tío abuelo de Enrique Ponce, que compensó su escasa estatura para la lidia con el arrojo de un estilo recio y profundo. Las buenas perspectivas de este diestro se vieron cercenadas por diferentes cornadas y por la Guerra Civil española, acontecimiento que truncó la trayectoria de muchos matadores y redujo de forma notable la cabaña brava española.  
  Durante la Posguerra los ruedos se hicieron eco de la rivalidad entre Manolete y Carlos Arruza. De tierras valencianas emergieron dos figuras de excepción, Aurelio Puchol  Morenito de Valencia , torero de mucho oficio y largo repertorio, y el espada Jaime Marco  El Choni,  cuyo toreo refinado y su estilismo preciosista le convirtieron en uno de los primeros espadas de su época.

Entre Barrera y El Choni

En la década de los años treinta coincidieron en España un buen número de grandísimos toreros que estuvieron acompañados por tres espadas valencianos.

 La tauromaquia valenciana siempre se ha caracterizado por ser cuna de excelentes toreros de plata y azabache, banderilleros y picadores que han formado parte de las cuadrillas de los matadores más importantes del momento. La nómina de subalternos valencianos se remonta al siglo XIX con Blas Méliz  Blaye , banderillero vistoso y eficaz, auxiliar de espadas tan importantes como Cúchares y Salamanquino. 
 Algunos de estos subalternos valencianos de auténtica excepción llegaron a crear verdaderas dinastías como las de los Ventiundit, con la destacable trayectoria de Francisco Alabau entre sus numerosos hermanos, los Montoliu, fundada por el picador de toros Manuel Montoliu y la saga de los Capilla.

De azabache y plata

El oficio de subalterno es una de las labores más importantes de la fiesta. Los banderilleros, encargados de ejecutar la suerte de banderillas, también bregan en la lidia, manejan la puntilla cuando es necesario y “están al quite” - auxilian al matador o a cualquier otro de los lidiadores presentes en el ruedo durante la corrida-. Los picadores, toreros que ejecutan su suerte a caballo, miden la bravura del toro con la pica, dosificando la fuerza del animal.


Anteriores   1   2   Siguientes